Moises T. de la Peña Meléndez



Iglesia Iturbide 1969

Hablando de “Locos”

Pese a todo, no conozco locos ni otro tipo de tarados entre tan numerosa parentela de varias generaciones, y tampoco hay hemofílicos que yo sepa.

Aunque la voz pública no deje de señalar uno  o más “locos Meléndez” en cada generación, pese a que sea “La voz de Dios” anda muy errada, pues en todos los casos que recuerdo se trató de “alocados”, mas no de locos; por las travesuras de un carácter festivo de gentes que supieron, a mi entender, ponerle un poco o mucho de “sal y pimienta” a la vida gris e insulsa de los pueblos y aldeas.

Lo anterior lo afirmaban de mi abuelo materno, por ejemplo, dada la insignificante causa que la abuela, de muy rancio carácter, aducía para haber vivido separados (el divorcio se autorizó legalmente por 1,915). Peleados a muerte los últimos treinta años de sus vidas, decía ella que por “tragón” no pudo soportarlo. Cosa de locos, aparentemente, destruir un hogar con hijos por causa tan baladí y mantenerse “en la raya” por tantos años sin reconciliarse, viviendo como vivían a treinta metros de distancia uno del otro. Si bien es cierto que la viejita era de muy poco comer, la cosa no era para tanto; y en todo caso ella no lo mantenía, pues él era “el del morral”. Aunque era tan tragón como yo, había por allí otras travesuras del “viejito vacilador” que no eran para divulgarlas en un pequeño  poblado, y entre gentes respetables que se cuidaban mucho del “qué dirán”.

El era un hombrecillo festivo, todo nervios, con ansia de vivir bien y que a menudo volaba por las nubes buscando tesoros ocultos y minas fabulosas, en cuyas andanzas consumió su haber, que no era poco, tanto como en otros antojos de buen gusto; lo cual, también, a juicio del vulgo, “eran cosas de locos”.

Lo recuerdo, ya muy anciano, en la cama en vísperas del gran viaje; cantando sus queridas alabanzas a altas horas de la noche y, a pesar de su molestísima tos de fumador, gritando a mis hermanas palabrotas porque no le llevaban pronto la “lumbre”, que a todas horas pedía para encender sus enormes “tagarninas”, que él mismo se preparaba con hojas de mazorca y tabaco picado con sus uñas. Mi madre no le permitía tener cerillos por temor a un incendio. Alternaba las palabrotas con risa cascada, tos, y las tristes alabanzas a su Dios. Murió una noche, sin aspavientos, pisándole los talones a los cien años de edad: fumando, tosiendo, cantando, blasfemando y riendo su inagotable buen humor.

No le iba en zaga su hermano José María, rico comerciante de Linares, más viejo que aquél,  y pese a ello y a su molesta perlesía (parálisis), en las mañanas salía temprano a barrer la banqueta y a decir cuchufletas a quienes pasaban. Se burlaba de sus achaques y de las lindas pollas -famosas en esa población- tosiéndoles galantemente y apoyándose en su escoba para mantenerse firme en su galanteo, cuando aún no se estilaba el chiflidito de los últimos tiempos, sin contar con que el galán ya no tenía dientes.