Andanzas y Peripecias en Iturbide



Casa de Emilio Castillo

Fuga de Detenido “en Violencia de Carrera”

Aureliano Velasco fue Presidente Municipal el año de 1925 e informó que el día 2 de septiembre, como a las 21 horas, anduvieron Emilio Castillo y Marcelino Reséndez escandalizando y “tirando tiros”, por lo que él dio orden al Juez del Segundo Cuartel (San Pedro de Abajo), Platón González, se hiciera acompañar del policía Jose María Bravo y del vecino Isabel Sánchez y los redujeran a prisión, para al día siguiente “aplicarles un correctivo”.

A las 23 horas del mismo día se presentó Platón González solicitando otros dos vecinos para que le ayudaran a ejecutar la aprehensión, pues Emilio le había “tirado un tiro” con el fin de intimidarlo. Velasco ordenó al Cabo Rural Eusebio Martínez fuera a ayudar a González. El Cabo se presentó al poco rato acompañado de los soldados rurales Andrés Martínez y Pedro Balderas.

Como a la una de la mañana del día tres “vino uno de ellos a decirme que Emilio había entrado en su casa (al poniente de la Escuela de Niñas), y se había encerrado”, ¿que qué hacían?. “Les ordené que sitiaran la casa, y que cuando saliera no le dieran tiempo a nada y se lo llevaran a la cárcel”.

Emilio “se levantó como a las siete de la mañana del día tres” y, al ver a los policías apostados en la entrada de su casa, echó a correr a pie.

El Policía Rural Pedro Balderas fue tras él y lo alcanzó frente a la parroquia, lo tomó de un brazo y lo condujo inmediatamente al calabozo (prisión) y cerró la puerta de la calle con llave.

Cuando llegaron los otros policías revisaron que el detenido estuviera bien asegurado y fueron a preguntar “si ya podían retirarse”.

Velasco les ordenó que antes de hacerlo fueran a casa de Marcelino Reséndez y lo redujeran también a prisión.

Marcelino vivía en San Pedro de Abajo, por la calle  del Comercio, y cuando los policías iban llegando a la puerta de su casa pasó Emilio Castillo a caballo, en “violencia de carrera” con la pistola en la mano, “tirando tiros” y diciéndoles que eran unos desgraciados y que si eran tan hombres lo siguieran; “fue tan improvisado el momento” que “volteo el brazo para atrás y les tiró dos tiros”, que eran los únicos que le quedaban en la pistola.

Los policías “le hicieron una descarga con la intención de amedrentarlo o de tumbarlo del caballo” para reaprehenderlo, y le “tocaron en el hombro izquierdo”, del cual ya estaba aliviado.

Mientras pasaban estos hechos, se fugó para Linares el que andaba con él (Marcelino).

El Alcalde Velasco también informaba que ya había castigado a Emilio dos veces con anterioridad, y que en la segunda lo multó y le recomendó que no reincidiera, pues su conducta aterrorizaba a las familias al “oír los tiros dentro de la noche”. En esta ocasión le recogió a Castillo tres pistolas y una carabina, aparte de la que le recogió Platón González cuando iba “haciendo fuego” al evadirse de la cárcel.

Aureliano vivía al sureste del puente, a una cuadra al oriente de la Plaza Bernardo Reyes, y supuso que Emilio al fugarse decidió “pasar por donde yo vivo, para tirarme un balazo o burlarse de mi autoridad”, pero “estaba yo en esos momentos en el corredor de mi casa almorzando, por ese motivo no me di cuenta” de lo que pasaba.

Al llegar el Alcalde a la Presidencia encontró a una comisión de vecinos que le dio cuenta de lo último que había sucedido:
Ellos venían de la casa de Manuel Dávila “que es donde está el herido”. Allí salió primero José Dávila y les dijo palabras injuriosas, y luego Jesús Dávila salió pistola en mano “tirando tiros”, para después irse por La Loma “disparando al viento”.

Mientras hablaba el Alcalde con la comisión se presentó Anastasio E. Guzmán “pidiéndome garantías” y que desde ese momento quedaran presos el policía José Martínez Bravo, el Juez Platón González y los rurales Andrés Martínez y Pedro Balderas. A lo que se negó el Alcalde, pues éstos eran agentes de la autoridad, además de que si los detenía en lo sucesivo no habría quien quisiera prestar sus servicios en caso de apuro.

En lo referente a la solicitud de garantías presentada por escrito por Anastasio E. Guzmán, Francisco Meléndez y demás signatarios de ésta, se podía comprobar que la mayor parte de ellos eran parientes o amigos del herido, con excepción del primero citado, y quién fácilmente se podía verificar que lo hacía con el fin de sacar dinero.

Prueba de lo anterior era que Guzmán actuó como secretario del Alcalde 2º Suplente en todas las diligencias de la causa que se instituyó, y luego se ofreció a hacer los oficios para que el detenido saliera libre bajo caución.

El día 5 de septiembre Aureliano Velasco también hizo constar que a Emilio Castillo, después de ser herido, le dio Marcelino Reséndez otra pistola; y como ese día pasó rumbo a Linares el Subteniente Gámez, de la Guarnición de Galeana, “le indiqué viera al herido” para que le quitara la pistola mencionada “y logró recogerla”. Emilio le advirtió a Velasco que haría valer sus derechos, pues tenía en su poder un porte de armas que había recibido el día tres de parte del Teniente Pablo Gámez, antes de evadirse de la cárcel.

Con la pistola recogida por el Subteniente ya eran cinco las pistolas de Emilio Castillo, más la carabina (pp. 66-8).