Actas, Informes, Cuentos y Leyendas

 
La Mala Mujer

En San Pedro como en otras partes no han faltado las “mujeres malas”, y como en otros muchos lugares existen unos pajarillos pardos con pecho blanco que se paran a cantar alegremente al borde de los barrancos u orillas de las azoteas de los edificios. En otros lugares les llaman “sitta” o trepadorcito americano, en la Villa son conocidos como “mala mujer”.
               
Antes era costumbre que los mayores al ver alguno de estos pajarillos cantando les pidieran a los niños que lo apedrearan, pues “traen chismes de infidelidades”.

Según la leyenda, una mujer que vivía junto a un acantilado engañaba a su marido con otros hombres, hasta que éste la sorprendió con uno de ellos, tuvieron una discusión frente a la casa, junto al precipicio, y la mujer aprovecho un descuido del esposo para empujarlo al vacío.

La muy ruin celebró “su libertad” a carcajadas, y en ese momento se convirtió en pájaro pardo.

"El Tajo" (poza o abrevadero) de la Laguna de Santa Rosa

Entre el Máuser y el Crédito Sex...

Durante los años treintas del siglo XX hubo mucha actividad política y sex…, ¡ejem!, social, en el Municipio de Iturbide; pues por una parte se reanudó la construcción  de la carretera de terracería para transporte de motor de Linares a Galeana, y por otra algunas de las familias de San Pedro y Santa Rosa se enfrentaron a balazos para apropiarse de algunos de los terrenos en El Llano de La Laguna o el control de la distribución de la yerba.

Se recordaba que durante el siglo XIX, cuando se construyeron en la Sierra  Sarnosa las cercas de piedra para marcar agostaderos a las recuas de los arrieros, como no había suficientes hombres en San Pedro para hacerlas se contrató gente de San Luis. Al reanudar las obras de la carretera los ingenieros que iban a dirigirlas se encontraron con el mismo problema, y el Gobernador del Estado les autorizó contratar trabajadores de Matehuala, S.L.P. y Paredón, Coah.

Los trabajadores de Paredón llegaron con sus familias, así es que se rentaron algunas de las casas que todavía estaban abandonadas por la calle principal y se asignó a cada una de ellas un cuarto, con cocina compartida.

Los de Matehuala llegaron solos, pues la mayoría eran solteros. A éstos se les construyeron jacales de madera con techos de lámina de cartón al poniente del pueblo, en la orilla norte del Camino Real, cerca del Rincón de los Bueyes, por donde está actualmente el pozo profundo que surte de agua potable, y se llamó al campamento “Matehualita”.

Aunque antes de la Revolución los terrenos del Llano de la Laguna eran pequeñas propiedades y no latifundios, por lo tanto de acuerdo a las leyes de la Reforma Agraria no eran afectables, algunos de los vecinos encontraron la forma de hacerlo, mediante “gratificaciones” a los ingenieros o empleado del gobierno.

Al principiar a reorganizar y regularizar la nueva forma de tenencia de la tierra en el país, el gobierno dio máusers a los ejidatarios para que defendieran la tierra en contra de sus antiguos dueños, en Iturbide muchos de éstos ni volvieron a su lugar de origen después de “La Bola”. Lo que sí se logró en el Pueblo fue que quienes querían ser los nuevos propietarios de los terrenos afectados se pelearan y hasta mataran entre sí.

¿Sería por aquello de que  “en el pecado lleva la penitencia”?.

En una de las discusiones César, que era un muchacho tranquilo, trató de mediar entre los grupos y lo mataron allí mismo.

También hubo dramas al estilo del de los Capuletos y los Montescos, el padre mandaba a uno de sus hijos a que asesinara a una de las hermanas que andaba de novia de un muchacho de la familia rival.

En “Matehualita” los hombres del pueblo que trabajaban en la carretera vieron surgir nuevas costumbres: como a todos les pagaban cada semana sus jornales llegó un momento en que los muchachos de Matehuala hacían dos filas, en una recibían su paga y en la otra ellos le pagaban a Chencha “sus favores”. Se dice que allí y entonces se originaron el “crédito sexual” y la expresión “a lo que te truje Chencha”.


Crédito a la Palabra

Como diría don Quijote: ¡Felices días y más felices noches aquellos en que todavía se podía dar crédito a la palabra!. No que ahora ni con actas notariadas se puede confiar en que “¡La tierra es de quien la trabaja!”.

Aunque, pensándolo bien, estaba el riesgo de los “balazos legales”.